jueves, 8 de julio de 2010

YO PREFIERO FLOR SILVESTRE

YO PREFIERO FLOR SILVESTRE
Nuria Vidal

PROLOGO
1
Una tarde de sábado en mi casa, en el D.F. Invierno de 1958. Mientras fuera ruge una tolvanera (tormentas de arena roja), en la sala nos disponemos a ver una película mexicana en la tele. Normalmente soy la única que mira las películas mexicanas. A mi me encantan las rancheras de Jorge Negrete, las de Tin Tan, las de Cantinflas un poco menos y las que más, las de Pedro Infante. Cuando me pongo delante de la tele a ver cualquiera de estas pelis, mi familia desaparece. Pero hoy no. Hoy mi madre se sienta a mi lado y se dispone a ver Flor silvestre conmigo. Mi madre se acuerda del día que vio la película en el cine Palacio Chino una tarde de mayo de 1943. Llevaban casados tres años y en su aniversario de boda fueron al cine. Aun no tenían casa, pero si un hijo y esperaban poder volver a España cuando acabara la guerra (la mundial, claro).
Quince años más tarde, tienen casa y tres hijos y siguen esperando volver a España en algún momento. Pero hoy, lo que cuenta es ver Flor silvestre, una película del Indio Fernández con Dolores del Río y Pedro Armendáriz.
A mi me gusta mucho la película (aunque no tanto como las de Pedro Infante, que conste). Me encanta porque es muy bonita: las nubes, los nopales, la india buena y hermosa, Pedro Armendáriz tan guapo... Disfruto con ella, aunque no estoy segura de si lo que más me gusta es verla sentada junto a mi madre oyéndola cantar bajito: Flor silvestre y campesina, Flor sencilla y natural, No te creen una flor fina, Por vivir junto al nopal.
2
Miércoles 22 de noviembre de 1972. Estamos en la Filmoteca, en Barcelona. A las cuatro hemos visto la primera parte de Tormenta sobre México, el film que Eisenstein rodó en 1933. Nos quedamos a la siguiente sesión: ponen Flor silvestre del Indio Fernández. No la he vuelto a ver desde aquella tarde de sábado. Muchas cosas han pasado desde entonces. Ahora vivo en España y voy a la Filmo casi cada día. Cuando empieza la película, me vienen a la memoria todos los recuerdos de aquella tarde y me salta una lágrima que disimulo en la oscuridad. Hoy veo la película de otra manera. Hoy se que quién es el Indio, quién es Dolores del Río y Gabriel Figueroa. También se que copiaron a Eisenstein descaradamente. Lo acabo de comprobar. Flor silvestre me vuelve a impresionar, pero por otros motivos. Dos días después vemos María Candelaria. Es preciosa en su ingenuidad tramposa. Los cielos de Figueroa son cuadros vivientes reflejados sobre las milpas de Xochimilco. Y Dolores está bellísima. ¿Es una buena película? No lo se ni me importa demasiado. Es un pedazo del falso México de mis recuerdos de infancia y eso me basta.

ANTES DE CONOCERSE
En 1942, Dolores del Río tiene 38 años, una carrera más o menos frustrada en Hollywood y dos maridos. Tiene también un desengaño amoroso. Orson Welles, el hombre con el que descubrió el sexo (en palabras a ella atribuidas, probablemente apócrifas), acaba de abandonarla. Nueve años más joven que ella, Welles está enfrascado en Ciudadano Kane y en... Rita Hayworth. Dolores decide volver a México y aceptar la oferta de trabajar con un joven director que le ofrece un papel protagonista muy diferente a todo lo que ha hecho hasta entonces.
Desde el primer momento se vio claro que la elegante y aristócrata actriz, con una vida a sus espaldas llena de cultura y lujos, y una divinidad que la elevaba a categoría de “diosa”, no iba a congeniar con aquel hombre “tan macho”, tan bruto, tan violento y tan avasallador.
El Indio tenía entonces 39 años, era grande, fuerte, un típico mexicano con bigotito estrecho y mirada oscura, con un espeso cabello negro. La leyenda afirmaba que no iba a ningún sitio sin sus pistolas y que no tenía reparo en usarlas. Actor más bien mediocre desde el año 1928, se había especializado en papeles de malvado de todo pelaje. Pero el Indio quería dirigir y no paró hasta conseguirlo. En 1941 rueda su primera película, La isla de la pasión, donde ya coincide con su alter ego en positivo: Pedro Armendáriz. Dos años después, su encuentro con Mauricio Magdaleno como guionista y con Gabriel Figueroa en la fotografía, le permitirá convertirse en el director de cine mexicano más conocido del mundo. Un nombre de referencia internacional gracias en parte a la favorable constelación de astros que juntó en un mismo momento y en cuatro films a Dolores, Pedro, Gabriel, Mauricio y El Indio.
La primera intención del Indio Fernández cuando vio a aquella mujer glacial (me remito a los textos que hablan de este tema) fue la de acostarse con ella pasara lo que pasara. Pero Dolores era mucha Dolores y le paró los pies al Indio con una sola mirada. ¡Cómo me habría gustado ver esa escena! Ella venía de Orson Welles como compañero de cama y no estaba dispuesta a rebajarse con aquel indio. Su historia fue a partir de entonces la de La Bella y La Bestia sin final feliz, pero si con películas espléndidas.

UN PAREJA PERFECTA
Hay muchas cosas en común en las cuatro famosas películas que rodaron casi seguidas Flor silvestre, María Candelaria, Las abandonadas, Bugambilia, (una quinta, La malquerida, de 1949, pertenece al terreno de lo olvidable). De entrada, los protagonistas. Dolores del Río y Pedro Armendáriz integran una de las parejas más potentes del cine mundial. Son la esencia del indigenismo más orgulloso, más noble, más sufrido. Ellos saben que son los mejores, pero también saben que son víctimas del destino implacable que no les va a permitir ser felices más que breves instantes de la vida. El argumento es muy parecido en todas:
Flor silvestre. Esperanza, una humilde campesina del Bajío, se casa en secreto con José Luís, el hijo del mayor hacendado de la zona, don Francisco. Cuando el amo se entera de esta boda, expulsa a su hijo de sus tierras y le lanza a los brazos de la Revolución. La pareja vive un breve intermedio de felicidad que coincide con el embarazo de Esperanza. Pero dura poco, dos renegados revolucionarios ahorcan a Don Francisco y José Luís se ve obligado a matarlos. La venganza de la Revolución será terrible y José Luís morirá fusilado.
María Candelaria. María Candelaria es la india más guapa de la milpa. Pero también la más odiada por el pasado turbio de su madre. María Candelaria y Lorenzo Rafael se quieren y están dispuestos a luchar por su amor frente a las adversidades de la vida y la malevolencia del pueblo, en especial la del malvado tendero Damián. El día de su boda, Damián acusa a Lorenzo Rafael de robarle. El joven es condenado a un año de cárcel. María Candelaria pide ayuda a un pintor que la quiere retratar desnuda. Ella se niega y el pintor pone su cara al cuerpo de otra mujer. El pueblo enfurecido piensa que es ella la modelo, queman su chinampa y la apedrean frente a la cárcel donde está encerrado Lorenzo Rafael.
Las abandonadas. Margarita, una joven embarazada abandonada por su novio, llega a la capital para trabajar y acaba en un prostíbulo. Allí conoce al general Gómez que se enamora de ella. Durante un tiempo son felices juntos, hasta que se descubre que Gómez es un impostor que acaba asesinado a tiros mientras intenta escapar. Ella es condenada por cómplice. Años más tarde, Margarita se encuentra con su hijo, ahora un brillante abogado que no la reconoce y la trata como una mendiga.
Bugambilia. Amalia de los Robles es más conocida como Bugambilia en la sociedad colonial del viejo Guanajuato. Bugambilia ama a Ricardo, pero su padre la quiere casar con Luís Felipe. El día de la boda de los dos amantes, el padre de Bugambilia mata a Ricardo, poco después se suicida y ella decide vivir sola con el recuerdo de su amado.
Las películas se parecen entre si no solo por las historias escritas por Mauricio Magadaleno, también por la cámara de Gabriel Figueroa, el hombre que mas partido supo sacar a los cielos mexicanos, a los árboles y milpas, a las montañas y nopales. Todo se convierte en sublime cuando pasa por su objetivo: los indígenas, la arquitectura colonial, los animales, y por encima de todo, las caras de Dolores del Río y Pedro Armendáriz. Incluso la ciudad, un México, un D.F. mucho más pequeño que el actual, adquiere en Las abandonadas tintes de grabado antiguo, despojado de la sordidez y el feísmo que se asocia a los ambientes de prostitución que el cine mexicano convirtió en género en el cine de cabareteras.
El Indio Fernández es el hombre que conjuga todas estas piezas. En una entrevista de 1952, cuando le preguntaron cual era su película favorita., el Indio afirmó María Candelaria. “¿Por qué?” quiso saber el periodista: “Hay más poesía –ingenua, sencilla como los corazones de su pareja protagonista- en esa película que en Flor silvestre. Son igual de patéticas, y lo mismo de dolorosamente humanas. Y con ser el tema de María Candelaria muy universal –la lucha del amor y la comprensión contra el odio y la superstición-, como está narrado, sólo puede ocurrir en México.” Indigenismo y nacionalismo a ultranza que encontró un eco en el Festival de Cannes de 1946 donde ganó el Gran Premio del Festival. Cannnes, como siempre, estaba dispuesto a descubrir cinematografías exóticas y ese año le tocó a la mexicana. George Sadoul escribió entonces: “Sin duda no hubo en Cannes película más fascinadora que ésta. Encantos desconocidos surgían de las barcas cargadas de legumbres, de las flores repartidas por todas partes, de las fiestas rústicas, de los mercados .... Quedó grabada en nuestros ojos esa tea blandida por un brazo desnudo que anuncia la persecución en la que la mujer es el animal a cazar. Y guardamos aún en el oído el grito del hombre preso que llama con toda su alma: ¡María Candelaria!”

EPILOGO EN 1984
Hacía poco que había empezado a colaborar en La Vanguardia, cuando me mandaron a Huelva a cubrir el Festival de Cine Iberoamericano donde se dedicaba un homenaje a Emilio Indio Fernández. El hombre que recibía a tiros a sus visitantes (Buñuel lo contaba riéndose a carcajadas), tenía ya 80 años, pero aun conservaba algo de la fiereza que le había hecho famoso. Y sobre todo, conservaba la lucidez de una memoria privilegiada. En una de sus respuestas a una larga entrevista que conseguí hacerle, me contestó: “Yo soy indio puro y estoy orgulloso de serlo. Mi cine tiene una virtud. Es un cine mexicano que ha salido de mis experiencias y de las experiencias de la gente que conozco. México es un pueblo de mestizos. Tenemos lo malo y lo bueno de los españoles y los indios. Mi cine refleja eso, la vida de un pueblo sojuzgado que surge de una lucha fratricida”. Acababa la entrevista diciendo: “Ya estoy viejo. Estoy casi fuera del tiempo. Si existiera una quinta dimensión allí me situaría yo.”
El Indio no era consciente que esa quinta dimensión son las películas que siguen proyectándose y disfrutándose una y otra vez. Una quinta dimensión donde Dolores del Río, desaparecida un año antes de esa entrevista; Pedro Armendáriz, muerto de un disparo que él mismo se dio cuando tenía 51 años; Gabriel Figueroa, que aún viviría catorce años más, hasta 1997; y Mauricio Magadaleno, que llegaría a cumplir 80 años antes de morir en 1986, solo unos meses antes que él, iban a encontrarse para vivir para siempre acompañados de las canciones del Trío Calaveras.
Flor silvestre y campesina
Flor sencilla y natural
No te creen una flor fina
Por vivir junto al nopal

No eres rosa, no eres lirio
Mucho menos flor de Lis
Pero adornas al martirio
Y al cardo haces feliz

Como tú mi flor silvestre
Tuve en la sierra un amor
Nunca supo de la suerte
Y si mucho del dolor.

Flor humilde flor del campo
Que engalanas el zarzal
Yo te brindo a ti mi canto
Florecita angelical

Mientras duermes en el suelo
Te protege el matorral
Y el cadillo y cornizuelo
Forman tu baya nupcial

Siempre he sido tu esperanza
Linda flor espiritual
Yo te he dado mi confianza
Florecita del zarzal
(publicado en ELLOS Y ELLAS, Calamar Ediciones, Festival de Huesca 2010)

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